Hace unos días, al finalizar la función de Misery, Juan Gil Navarro, entre agradecimientos, se tomó un minuto para manifestar su enojo por el uso constante de teléfonos durante la obra. Acompañado en el escenario por Julia Calvo, el actor remarcó que pagar una entrada no otorga el derecho a romper las normas de convivencia en la sala ni a faltar el respeto a quienes se subsumen en el texto, arriba o abajo del escenario.
Entre fotos con flash, historias para Instagram y mensajes de WhatsApp que no podían esperar a salir de la sala, el episodio plantea algunos debates. ¿Hasta dónde podemos llevar la potestad de ser consumidores? ¿Es acaso posible habitar un espacio de desconexión en un tiempo de hipermediación constante? ¿Asistimos a ver un espectáculo o a espectacularizarnos a nosotros mismos? Si no hay un registro digital que valide nuestra presencia, pareciera que nuestra existencia misma queda en duda. Posteo, luego existo.
Comprame un obra
En los últimos años se ha consolidado una paradoja económica que parece ser nuestro único hábitat posible: convivimos con un poder adquisitivo escuálido, pero inmersos en una voracidad de consumo frenética. Es la era de la gratificación instantánea, de la fiebre por comprar a un clic de distancia, del furor por agotar muñecos coleccionables de moda en cuestión de horas. ¿Alguien se acuerda de los Labubu? Ante la imposibilidad de acceder a bienes duraderos, el simple acto de comprar se erige como el último gran refugio del placer. Nos hemos convertido en propietarios sin propiedades, aferrados a microconsumos para sentir que dominamos algo.
Una lógica transaccional que arrastramos a diversos ámbitos de nuestra vida. ¿Por qué tendría que ser el teatro la excepción? Compramos una entrada con la misma ansiedad con la que llenamos un carrito de compras, convencidos de que el pago nos entrega, en el acto, los derechos de propiedad sobre la obra y sus artistas. Sobre algo.
Hace casi un siglo, Walter Benjamin nos advirtió que, en la era de la reproductibilidad técnica, el arte corría el riesgo de perder su “aura”: esa manifestación irrepetible, mágica y anclada estrictamente al aquí y ahora. Por su condición efímera, esta definición pareciera estar hablando particularmente del teatro. Pero hoy, al interponer la pantalla del teléfono para cazar un fragmento de la escena, el espectador fuerza esa reproductibilidad. En el afán de poseer la experiencia, intentamos arrancarle el aura al acontecimiento vivo para comprimirlo en un archivo digital, en un reel.
El pánico a la desconexión
Si aceptamos que el registro compulsivo de una obra rara vez tiene un fin nostálgico, cabe preguntarnos qué intentamos evadir cuando la luz de la sala se apaga. El teatro exige un pacto que en la contemporaneidad nos resulta casi antinatural: la rendición absoluta al presente. Nos pide claudicar, silenciar la urgencia productiva y entregarnos a un tiempo y un espacio que no controlamos.
Sin embargo, en una época donde la atención está fragmentada y el estímulo externo es nuestra zona de confort, habitar el “aquí y ahora” sin vías de escape se ha vuelto una experiencia asfixiante para algunos. La butaca se vuelve, así, un lugar incómodo.
La espectacularización del yo
Desde la antigüedad, siempre hemos asistido al teatro a ver, pero también a ser vistos. Ya sea en los palcos de privilegio del teatro a la italiana o en el desfile de tapados de piel por el foyer de los noventa, el ritual escénico siempre funcionó como un marcador de posición social. El teatro ha sido, históricamente, una vitrina privilegiada para exhibir capital cultural, legitimar nuestro estatus y diferenciarnos. Pero si la necesidad de certificarnos como consumidores de cultura existió siempre, ¿qué es lo que verdaderamente cambia hoy?
La respuesta quizás esté en la colisión entre la era de la reproductibilidad técnica y lo que Guy Debord definió tempranamente como la sociedad del espectáculo. Hoy, ese capital cultural exige ser mediatizado para existir. Ya no nos alcanza con la experiencia viva, con la práctica compartida que alguna vez defendió Raymond Williams, ni siquiera con encapsularla como un recuerdo íntimo: necesitamos ponerla a circular en tiempo real para que adquiera valor en el mercado de las redes sociales.
Lo que dinamita la pantalla encendida en la sala no es una simple evolución de aquella vieja vanidad burguesa, sino una mutación en la naturaleza misma de nuestra presencia. Ya no vamos únicamente a dejar que el acontecimiento escénico nos atraviese; vamos a capturarlo, reproducirlo y exhibirlo.
Aquí es donde el espectador se vuelve, irónicamente, algo “espectable”. Mostrarle al resto el arte que consumimos termina devorando al hecho artístico en sí. Cuando alzamos el teléfono para grabar a los actores saludando —en un paneo que, en ciertos casos, intencionalmente aterriza en nuestro propio rostro—, reducimos el trabajo ajeno a un simple decorado de nuestra propia puesta en escena.
Si la obra solo nos importa como telón de fondo para adornar nuestra vitrina virtual, la ficción ya no sucede arriba del escenario, sino en la pantalla de quien la filma.
Hay que tener el coraje de habitar el presente
El debate, desde ya, presenta sus complejidades y no admite purismos ingenuos. Nadie desconoce que a los propios elencos y producciones les sirve la tracción que generan las redes sociales; la circulación de un reel o una “etiqueta” son herramientas necesarias para la visibilidad y la supervivencia de un espectáculo.
La pelea tampoco es contra los recuerdos o souvenirs —si acaso una de las batallas humanas más grandes es contra el olvido—, ni contra el deseo de atesorar un momento para siempre. Aquí escribe alguien que guarda cada uno de los volantes y programas de mano de las obras que ha visto. Pero seamos honestas y honestos: ¿cuántas veces volvemos sobre una grabación de alguna obra que hayamos visto? ¿Sobre un aplauso final o una foto de la escena?
Creemos que al grabarlo nos estamos llevando una porción de la obra a casa, cuando en realidad estamos aniquilando lo único que la hace valiosa: su presente.
Para recuperar ese valor, el desafío íntimo es aprender a sostener la incomodidad que nos provoca el “aquí y ahora”. La butaca nos exige soltar el control, rendirnos al apagón y dejarnos vulnerar por la ficción sin usar el teléfono como un escudo contra lo efímero. Podemos apoyar el trabajo de los artistas recomendando la obra, pero no necesitamos grabarnos llorando frente al teléfono para dejar en claro nuestra conmoción.
Acatar el pedido de Gil Navarro y apagar la pantalla es, quizás, un pequeño acto de resistencia: aceptar que el teatro solo sucede verdaderamente cuando dejamos de intentar poseerlo.
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