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Murió Griselda Gambaro, voz insoslayable de la dramaturgia argentina contemporánea

La autora falleció a los 98 años. Con obras fundamentales como "El desatino" y "La malasangre", transformó el lenguaje escénico y dejó un legado teatral ineludible.
Murió Griselda Gambaro, voz insoslayable de la dramaturgia argentina contemporánea
La dramaturga y narradora Griselda Gambaro falleció a los 98 años, dejando un legado ineludible en la historia del teatro argentino gracias a una obra que renovó el lenguaje escénico a través del absurdo y la crítica política. Nacida en Buenos Aires en 1928, irrumpió en la escena en la década de 1960 con piezas como El desatino y El campo, marcando una fuerte ruptura con el realismo imperante. Perseguida por la dictadura, debió exiliarse en España tras la censura de su novela Ganarse la muerte, y a su regreso participó de la resistencia cultural con Teatro Abierto y el estreno de La malasangre en 1982. A lo largo de su trayectoria, exploró los mecanismos de la violencia y el autoritarismo, consolidándose como una referencia fundamental para las artes escénicas nacionales y recibiendo las máximas distinciones del ámbito cultural.

La comunidad teatral argentina despide a Griselda Gambaro, quien murió este martes a los 98 años. Autora de títulos insoslayables como “El desatino” y “La malasangre”, su producción literaria y escénica modificó definitivamente la manera de abordar la ficción en el país. Con una pluma que supo esquivar el costumbrismo imperante para adentrarse en el absurdo y la crueldad, su trabajo se erigió como un pilar fundamental para las artes escénicas nacionales y abrió el camino para las generaciones posteriores de escritoras.

La irrupción en el Instituto Di Tella

Nacida en el barrio porteño de La Boca en 1928, en el seno de una familia de inmigrantes, sus primeros acercamientos a la literatura estuvieron ligados a la narrativa. Sin embargo, su desembarco en la dramaturgia marcó un punto de inflexión estético en el medio local. En 1965 estrenó su primera pieza teatral, El desatino, en el mítico Instituto Di Tella bajo la dirección de Jorge Petraglia. El espectáculo desató una fuerte polémica y dividió las aguas de la crítica especializada: mientras los defensores del realismo social rechazaban la propuesta, otros sectores celebraron la consolidación de un nuevo lenguaje.

A partir de ese debut, construyó un corpus de textos clave durante esa década y la siguiente, entre los que destacan “Las paredes” (1966), “Los siameses” (1967), “El campo” (1968), “Nada que ver” (1972) y “Sólo un aspecto” (1974). En estas obras, Gambaro comenzó a indagar en los vínculos asimétricos, los desgarramientos sociales y las estructuras opresivas que atravesaban al país.

Censura, exilio y el regreso con Teatro Abierto

La innegable dimensión sociopolítica de su escritura tuvo consecuencias directas durante la última dictadura cívico-militar. Su novela “Ganarse la muerte”, publicada en 1977, fue prohibida por el gobierno de facto al ser considerada contraria al orden social y a la institución familiar. Ante este escenario, la dramaturga debió exiliarse en la ciudad española de Barcelona junto a su esposo, el reconocido artista plástico Juan Carlos Distéfano, y sus dos hijos.

A su regreso a la Argentina, Gambaro se integró al histórico ciclo de resistencia cultural Teatro Abierto en 1981, donde presentó la obra Decir sí, protagonizada por Jorge Petraglia y Leal Rey. Un año más tarde, en 1982, estrenaría una de las piezas más emblemáticas de su carrera: “La malasangre”. En este texto expuso las dinámicas del autoritarismo a través de un agobiante entramado familiar, logrando retratar la violencia política nacional sin necesidad de recurrir a lo literal.

Sociedades artísticas y la mirada sobre los clásicos

Durante su extensa trayectoria, la autora entabló alianzas creativas con grandes directores que llevaron a escena sus complejos universos. En 1986, Alberto Ure estrenó una descarnada versión de Puesta en claro en los sótanos del Teatro Payró, protagonizada por Cristina Banegas. Asimismo, formó una prolífica sociedad con la directora Laura Yusem, quien montó cerca de una docena de sus textos. Nombres como Augusto Fernandes, Roberto Villanueva, Alicia Zanca y Rubén Szuchmacher también abordaron sus materiales a lo largo de las décadas.

Además de su producción original, dedicó una parte importante de su dramaturgia a deconstruir y dialogar con los textos clásicos desde una óptica contemporánea y profundamente atenta a la condición y las problemáticas del universo femenino. Fruto de ese trabajo nacieron piezas como “Antígona furiosa”—basada en la tragedia de Sófocles—, “La señora Macbeth, mi querida” —con resonancias de Antón Chéjov— y “Querido Ibsen, soy Nora”.

Por su aporte al patrimonio cultural, fue reconocida con las distinciones más importantes del sector, incluyendo el Premio Nacional de Teatro en 1994, múltiples galardones de Argentores, el Premio a la Trayectoria del Instituto Nacional del Teatro en 2016 y “La rosa de cobre” de la Biblioteca Nacional en 2023. Su relevancia autoral trascendió las fronteras del teatro, llevándola a ser la primera escritora en inaugurar la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en 2005 y a pronunciar el discurso de apertura por Argentina en la Feria del Libro de Frankfurt en 2010.

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