Merceditas Elordi, actriz, directora teatral, dramaturga y gestora cultural marplatense, presenta actualmente Memoria de un crepúsculo —donde se desempeña como directora— y Cuando el chajá canta las horas, obra que también escribe y dirige. Memoria de un crepúsculo puede verse los jueves a las 20.00 h en Ítaca Complejo Teatral (Humahuaca 4027), mientras que Cuando el chajá canta las horas se presenta en Tadrón Teatro (Niceto Vega 4802).
Con más de treinta obras como actriz, entre ellas Burguesa, de Alfredo Allende, en el Complejo Teatral de Buenos Aires (2023–2024), Elordi ha consolidado una trayectoria como autora y directora con títulos como Conjuro Anómalo y La deuda del Nobel. Ha participado en festivales internacionales en Colombia, Italia y España, y ha recibido distinciones como el Premio Argentores 2025, Estrella de Mar y Derechos Humanos en Escena. Es graduada de la UNMDP, con posgrado en FLACSO, y socia activa de APDEA y Argentores.
– Hace unos días reestrenaste Memoria de un crepúsculo y Cuando el chajá canta las horas, dos obras muy distintas entre sí y de distintos momentos de tu recorrido. ¿Qué te llevó a volver a montarlas ahora y qué te interesó de hacerlas convivir?
Son dos obras con un recorrido diferente. Memoria de un crepúsculo viene de un 2025 intenso con funciones en CABA y provincia de Buenos Aires, y un 2026 que se inició con la temporada teatral marplatense. Era importante que tuviera continuidad. Por otro lado, Cuando el chajá canta las horas tuvo una extensa temporada en 2024 y un elenco enamorado que pulsaba por una segunda. El premio Argentores 2025 me dio el empujón final. Y conviven porque ambas tienen mi sello como directora y me interesa que se reconozca mi mirada a través de lenguajes diversos.
– En esa convivencia aparece un contraste fuerte: por un lado, la intimidad y el tiempo suspendido de Memoria; por otro, la dimensión histórica y social de El chajá. ¿Qué diálogo se arma entre esos dos universos?
Ambas parecen muy distintas en su superficie, pero dialogan profundamente. En Memoria el foco está en la intimidad, en ese tiempo suspendido donde dos personas revisitan lo que fueron y lo que no pudieron ser. Es un espacio casi detenido, donde lo emocional toma toda la escena. Y si bien en Cuando el chajá canta las horas la dimensión es más histórica y social, con una escala que evoca lo colectivo, en el eje central aparece un vínculo de amor profundo entre dos personajes que tiñe todo el contexto. El amor y los vínculos son comunes a todos los tiempos y geografías, y siempre ofrecen un territorio de conflicto permanente.
– Memoria trabaja sobre el recuerdo, el paso del tiempo y los vínculos. ¿Qué te atrajo de ese material para llevarlo a escena?
Me atrajo la forma en que la obra pone en escena algo muy reconocible y difícil de atrapar: cómo operan los recuerdos en los vínculos. No como algo fijo o nostálgico, sino como algo vivo, que se reescribe todo el tiempo. Ese corrimiento entre lo que pasó y lo que los personajes necesitan recordar. El tiempo no aparece como línea, sino como un presente expandido donde todo vuelve transformado.
Y, en lo personal, hay una pregunta que me atraviesa: qué hacemos con aquello que no se cerró. La obra no busca responderla, sino sostenerla en escena.

– En El chajá situás la historia en un contexto rural del siglo XIX, con vínculos atravesados por tensiones familiares, sociales y de poder. ¿Qué te interesaba explorar en ese universo?
Como autora, me interesa correrme hacia territorios menos inmediatos que impliquen un desafío y un proceso de investigación profundo. Situarme en el ecosistema rural de principios del siglo XIX me permitió entrar en un mundo con otras reglas: el lenguaje, los vínculos, las formas de trabajo y las lógicas de la justicia. Ese recorrido fue fundamental para la escritura: no solo reconstruir un contexto, sino entender cómo organiza las relaciones.
Además, hay un eje que atraviesa mis obras: el lugar de las mujeres dentro de estructuras desiguales. El patriarcado, la distribución del poder y la violencia están muy presentes. Me interesaba explorar cómo esas tensiones no son solo históricas, sino que siguen resonando hoy, aunque adopten otras formas.
– Para quienes vimos El chajá, aparece un gesto sutil pero muy potente: el deseo de una de las protagonistas de aprender a firmar, algo que en ese contexto era "cosa de hombres". ¿Ves ahí un puente posible con La deuda del Nobel?
El conocimiento es poder. En el siglo XIX, una mujer viuda que supiera leer y firmar no era solo una excepción: tenía herramientas para correrse del sometimiento y disputar poder. Ese gesto mínimo condensa la posibilidad de nombrarse, dejar marca, existir en términos legales y simbólicos.
Hay un diálogo claro con La deuda del Nobel. Allí aparecen figuras como Marie Curie, Rosalind Franklin y Esther Lederberg, fundamentales para la ciencia y muchas veces invisibilizadas. En ambos casos, lo que está en juego es quién accede al conocimiento y quién tiene derecho a que ese saber sea validado.

– Mar del Plata aparece como un lugar clave en tu historia. ¿Qué significa para vos hacer temporada ahí y ser reconocida por esa ciudad?
Soy marplatense. Ahí comenzó mi camino como actriz y ahí están mi familia, mis amigos y mi historia. Mar del Plata es, para mí, un territorio profundamente identitario. Volver con mis producciones no es solo una decisión profesional, sino también algo muy íntimo: es volver al origen, pero desde otro lugar.
Hacer temporada ahí tiene un valor especial, porque implica compartir mi trabajo con quienes formaron parte de ese recorrido. Me gusta pensar que, cada vez que llevo una obra, dejo una huella, pero también que la ciudad sigue dejando huella en mí.
– La temporada teatral recién comienza. ¿Cómo sigue este año para vos? ¿Te volveremos a ver actuar pronto?
Por ahora, el foco está en sostener estas dos obras. En mayo voy a estrenar como actriz en Mis tres hermanas, entre ecos y sombras, de Marcelo Savignone, inspirada en Chéjov. Además, hay otros proyectos en los que voy a estar involucrada, aunque aún es pronto para compartirlos.
Y un hito importante es la edición de mi primer libro de obras teatrales, ya en marcha: un paso significativo que lleva mi trabajo a otro formato y le da una nueva vida.